Opinión
02 02 2007
Los clones descerebrados del tiro en el cerebro, por Fernando Arrabal
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"El Gran Teatro del Mundo" por S.M. Félez, donde se ve a Cervantes, Racine, Calderón, Goethe, O'Neill, Pirandello, Arrabal, Shakespeare, Sófocles y dramaturgo desconocido.

Cervantes muestra la jaula de la violencia en la que encierran con gusto al justo. Así figura en el óleo “El Gran Teatro del Mundo”. Frente a la intolerancia el talento y el talante del autor del Quijote estuvo a la altura de su obra. ¡Cuán estimulante para los justos de hoy! ¡Qué lección para los clones descerebrados del tiro en el cerebro!

Calderón de la Barca lleva en la mano derecha el huevo del universo con su cáscara agujereada por la amargura de la virulencia. El cuadro y el auto sacramental no son los frutos de los sueños —“que los sueños son los sueños”— de “mágicos prodigiosos”, sino de los “príncipes constantes” contra el “mayor monstruo del mundo”. Sófocles lleva en la mano derecha una lámpara de aceite. La luz de su obra dramática —la de los siete soles— anuncia el resplandor del mito teatral del nuevo milenio. Hoy el reflujo del pensamiento de Nietzsche ilumina la poesía, la ciencia, la opera y la filosofía. Los herederos de los pistoleros de principios del siglo XX, siguen tratando de apagarlo todo y pagarnos con las tinieblas. Los obscurantistas de hoy no aprendieron tan fundamentalistas como infundadas leciones en textos religosos, sino en los nacional-comunistas de Stalin o en los nazis de Hitler. ¿Por qué aberración un día se ha podido aplaudir, y sin ni siquiera tener las manos ensangrentadas, a quienes aplicaron el “matarás”? ¿Por qué eclipse de la inteligencia los carniceros siguen apareciendo en ciertos manuales de Historia como “corderos de la justicia”, “combatientes por el pueblo” o “mártires voluntarios de la fe”? ¿Por qué disparate mental siguen contando entre las gestas más nobles aquellos crímenes de las innobles pasionarias, como la cariada Caridad que puso entre las manos de su propio hijo el pico para que asesinara de un picotazo en el cerebro? Racine lleva, en el cuadro,

el fuelle de sus “cánticos espirituales”. Nos repite que basta un rescoldo de virtud para inflamar la inteligencia, la belleza y el amor. De Fedra, de Berenice o de Ester. Pero que también es suficiente una brasa de estulticia para desencadenar el incendio del odio, de la ceguera y del terror.

Pirandello lleva en su regazo, en el cuadro, un reloj de arena. El artilugio marca el ritmo del ir y venir: del eterno retorno. Diligencia de la inteligencia que tratan de atascar con barro los pretendidos arquitectos de los “porvenires radiantes”. Futuros que sistemáticamente como los estalinianos o los hitlerianos solo acarrearon entuertos y muertos. Como dijo Pirandello Cosi è “se vi pare”. Al mito finito de la utopía nuestro colega Sófocles lo llamó “quimera”. Pajarraco de mala suerte y peor muerte. Con uñas de alimaña y cola de víbora que se enrosca en las insignias y detentes de los matachines y matarifes. Terrible arpía que no ha cesado de cargar con abyecciones y encargar crímenes; en nombre de un mundo mejor, del hombre nuevo o de la liberación de los pueblos. Pueblos que, como el camboyano para su pretendida liberación comunista, necesitaron desnucar tras martirizarla, a la tercera parte de sus compatriotas...

Shakespeare lleva en su mano derecha, en el cuadro, una carpeta con las cartas anónimas, los “emilios” y las copias transcritas de las llamadas telefónicas que reciben los justos. Esos anónimos mensajes que amparados por anónimos sicarios sin mensaje, intentan asustar. Pero el dramaturgo de Stratford anunció el renacimiento: “All’s well that ends well”.

Beckett, volando por el firmamento, en el cuadro, espera a Godot encarnado en el Espíritu Santo. Con su llegada el final de la partida concluirá el siclo infernal de “todos los que van cayendo”. Los once del cuadro esperamos que la aspiración de la santidad tapone la aspiración del horror.

O’Neill toca el instrumento de sus antepasados en el cuadro, para dar cita a la armonía. Para que los monos velludos no sigan poniendo de luto a todas las electras. El don de lenguas, la música ¡la glosolalia! es la manera de comunicarse con los demás, con los nacionalistas sin fronteras y las fraternidades sin caínes.

El “dramaturgo aún desconocido” tiene las piernas desnudas y el cuerpo de pez, en el cuadro. Acaba de salvarse de la tempestad y aprende a desahogarse fuera del abismo. Dándose un respiro con qué alivio nos enseña a respirar a los que creíamos ya saber hacerlo.


"El nacimiento de Arrabal" por Luis Arnaíz, óleo sobre lienzo, sin fecha.

Goethe tan condecorado por los mejores como condenado por los demás, en el cuadro, sabe de afinidades electivas. Su teoría de los colores y las plantas nos enseñan que en vez de raíces enracinadas podemos entrar y salir con buen pie. Los dioses infinitos de Goethe lo dan todo a sus favoritos. Como los diablos del terror proporcionan todo el mal a sus secuaces. Goethe renueva la voluntad de conquistar la libertad del amor sobre la fatalidad del horror.

En el óleo el decorado de la obra que escribe y describe el dramaturgo es la Torre de Babel: “¡Oye Patria mi aflicción ”! La Torre de Babel es también el elemento principal del paisaje. Esa tierra quemada que tratan de crear los fanáticos revolugiosos como lo consiguió el primero de ellos: Stalin. Sus herederos, tras pretender que la reniegan u olvidan, le son tan fieles como Castro. El servilismo voluntario, los ucases, el crimen ciego siguen triunfando. Con los sucesores del padrecito de todos los pueblos, del Millán Astray del franco pronunciamiento, de los comisarios del Jarama, de los mataobreros y lincha zares o de los racistas del genocidio. Este espanto con su repeluzno de intimidaciones trata de imponerse hoy

y no sólo en Bali, en el sur del Sudán, en el gulag cubano de Boniato, o en las células de Eta o de Hezbolla...

 

ACERCA DEL AUTOR

Fernando Arrabal nació en Melilla (Marruecos Español) en 1932, de padre republicano y madre franquista. Su padre era oficial del ejército español. Desde 1954 reside en París. Algunos títulos de sus dramas: "El cementerio de automóviles", "La comunión solemne", "El arquitecto y el Emperador de Asiria"... Sus películas: “Viva la muerte", en la que describe su infancia, atormentada por la desaparición de su padre durante la guerra civil española y la dictadura franquista. Además es poeta y pintor, como lo muestra el voluminoso libro de arte, "Arrabal espace", editado en francés en 1993 por Ante Glibota, y que presenta su obra literaria, dramatúrgica, cinematográfica y artística. Recibió en España el Premio Nacional de Teatro 2001, el Premio Nacional de Literatura Dramática 2003 y en 2006 le concedieron la Legión de Honor francesa.