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Teatro
01 03 2007
Sobre 18 Whiskies, obra teatral de Luis Benítez, por Susana Gerbiez
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El entramado intertextual de “18 Whiskies” construye enunciados de duplicación constante, un texto dado por otros textos, otros enunciados cuyas enunciaciones adoptan diversos cuerpos. Ya el título apela a un recorrido intertextual y referencial que aglutina semánticamente los posibles sentidos que ofrecerá el texto dramático. Título: metonimia del texto; obra: metonimia de otros textos. Jacques Derrida señala en Espectros de Marx como “...La violencia histórica del Apartheid siempre podrá tratarse como una metonimia, un nombre por otro, la parte por el todo, siempre podrán descifrarse a través de su singularidad muchas otras violencias que se producen en el mundo” (1). Derrida realiza un desplazamiento a través del cual un procedimiento de construcción ficcional le permite explicar una situación simbólica de la realidad, Luis Benítez efectúa un similar movimiento en una particular puesta en abismo donde la metonimia ( parte, causa, efecto, síntoma) se desliza permanentemente entre el adentro y el afuera

de la ficción. Obra de teatro como un gran mapa donde transitan por un lado Dylan Thomas con sus espectros, y por otro el hablante dramático básico que combina en la diégesis dramática un suceder de simulacros intertextuales. Simulacros estos que no niegan el signo, no eliminan la referencia, por el contrario, la fortalecen de tal modo, que ella misma es actante en la escena. Texto como índice, deixis de otros textos, pero el intertexto aludido tiene la particularidad de un escorzo dado por un pretexto que en este caso no es teatral sino poético. En una lógica del emblema, Dylan aparece como una función paradigmática (un poeta, todos los poetas, “el poeta”) y así el juego de doble entrada articulará toda la estructura dramática.

El barroco como referente contextual, como sujeto y objeto de la representación. Barroco que, como definiría Severo Sarduy: “Su sintaxis visual está organizada en función de relaciones inéditas: distorsión e hipérbole de uno de los términos (..) adjetivo, adverbio que lo retuerce, voluta: todo artificio posible con tal de argumentar, de presentar autoritariamente, sin vacilaciones, sin matices.” (2). Así es “18 Whiskies”: sobreactuadas referencias a la poesía inglesa, discusiones entre muertos, volutas de raccontos, relaciones de inestabilidad entre el tiempo de la representación y el tiempo representado, elipsis temporales, insultos de redundantes significantes y la hipérbole del alcohol como presencia continua, delinean esta serpentina lingüística que es la obra de teatro. Sarduy al respecto dice: “ La palabra se repliega sobre si misma en una figura circular, serpiente que se muerde la cola. Comienzo y fin son intercambiables. La palabra en su inscripción ofrece la imagen sensible de ese regreso, de esa vuelta. La figura del lazo(...) designa tanto la actividad literal (...) como las figuras semánticas(...). La figura del lazo, ligada a la de la vuelta (de llave, de escritura, de saltimbanqui), está sobredeterminada: se encuentra situada en un cruce de caminos (...)” (3) En este sentido la obra de L. Benítez, expone a través de un discurso extravertido, una circularidad estructural y argumental, pero que no se cierra en círculo, va más allá en este repliegue ofreciendo una dimensión de elipse; los personajes: Daysy, Brinnin, el decano y su esposa, flotan en este gran bucle que teje Dylan, mientras él, es tejido por muchos otros textos poéticos, y en la decisión de la gran trama, está el autor que abre otra nueva duplicidad: el poeta que escribe una obra de teatro de corte intertextual y metalingüístico. Todas estas bifurcaciones, sintagmáticas y paradigmáticas que erosionan el círculo definido, ofrecen un texto dramático cuya lectura apela a una “mirada al sesgo” (4), por eso si se intenta una lectura frontal de “18 Whiskies”, en la necesidad de hallar un centro, el fracaso estético estará asegurado, ya que en su aparente organicidad, la obra genera una ruptura permanente de sus contornos. Tal como la poesía de Dylan Thomas, el lenguaje de “18 Whiskies” construye un universo de características propias. En el barroco, señala Sarduy: “La poética es una Retórica”, el lenguaje, código autónomo y tautológico, no admite en su densa red cargada, la posibilidad de un yo generador, de un referente individual centrado, que se exprese, (el barroco funciona al vacío)” (5). Éste es uno de los aspectos más interesantes de la obra de Luis Benítez, la trama no gira en torno a un personaje protagonista o antagonista, gira en un devenir sígnico hacia el vacío, el centro se desdibuja y quien se expresa no es una voz, sino múltiples, que confluyen en un eterno vacío espiralado y conforman, apropiándonos de las palabras finales de Dylan, una paradoja bestial que es la obra de teatro: “18 Whiskies”.

Notas (1) Derrida Jacques. En Espectros de Marx. El Estado de la deuda, el trabajo del duelo y la Nueva Internacional. Edit. Trotta. Madrid 1995 (2) (3) (5) Sarduy Severo. Barroco. Edit. Sudamericana. Bs. As.

(4) Zizek Slavoj. Mirando al sesgo. Una introducción a Jacques Lacan a través de la cultura popular. Paidos. Bs. As. Barcelona. Méjico. 2000.

 

ACERCA DEL AUTOR

Susana Gerbiez, Licenciada en Artes Combinadas, Universidad de Buenos Aires (U.B.A.). Profesora de Teatro. Investigadora de Teatro: Instituto de Historia del arte argentino y latinoamericano, Facultad de Filosofía y Letras, U.B.A. Profesora en Letras. Investigadora de cine: Instituto de Artes del espectáculo. Programa E.I.N.C.I.T.E.D., Facultad de Filosofía y Letras, U.B.A.