resonancias.org

Homenaje
02 04 2007
Nunca sin mi libro (fragmento de Un Cubano libre, Reinaldo Arenas), por Liliane Hasson
« volver


Se sabe que el paso de Arenas por la Biblioteca Nacional fue esencial para su formación, lo que éste expresa con agrado en sus Memorias sosteniendo que ¡allí devoró todos los libros! No pudimos visitar la sala de lectura, yo ya lo había hecho diez años atrás. Había podido constatar, para mi gran sorpresa, que la autobiografía de Arenas, Antes que anochezca, figuraba en el catálogo, únicamente la traducción francesa (Julliard, 1992).

Hay en El color del verano, un capítulo muy corto, “En la biblioteca”,

donde Arenas evoca con lirismo ese instante mágico cuando uno tiene un libro que todavía no ha abierto: éste engloba “todos los libros del mundo, por consiguiente todos los misterios posibles e imposibles”. Y en El asalto última novela de la “Pentagonía” el índice es todo un programa: cada título de capítulo está seguido de un nombre de autor que no tiene nada que ver con el contenido. Arenas revela así sus amores (por ejemplo: Proust) y sus fobias (por ejemplo: Lenin). La pasión de Arenas por la lectura es uno de los raros campos sobre el cual todos mis interlocutores están de acuerdo.

La mayoría aborda el tema espontáneamente, comenzando por su madre: Reinaldo tomaba su taburete e iba a sentarse en el patio, bajo un árbol. Allí pasaba horas y horas, leyendo. Incluso en la mesa, tenía un libro en la mano. Aprendía todo, tan rápido, tan rápido”. Onelia, su hermana es del mismo parecer: “Hay que decir que él heredó una inteligencia natural, usted sabe, hay personas que estudiaron pero no son tan inteligentes. Era un genio.” A la mamá de Reinaldo siempre le gustó leer también, y todavía hoy, deplora no haber podido ir más allá en sus estudios. Sin embargo en su cuento “El hijo y la madre”, Arenas nos da otra visión de las cosas: “«Deberías leer un poco menos, dijo la madre. [...] O no leer en absoluto. Es malo para tí.»” (Termina el desfile.) Tomás Fernández Robaina, llamado Tomasito, antiguo colega de Arenas en la BN, es uno a los que dedica la novela El palacio de las blanquísimas mofetas ya que gracias a él, Arenas pudo consultar revistas y periódicos. Tomasito aporta precisiones inéditas sobre los gustos literarios de su amigo: detestaba a Cirilo Villaverde, el autor de Cecilia Valdés, lo que permite ver con ojos nuevos su novela paródica La colina del Ángel. Reconocía “el oficio” de Carpentier, tan chacoteado en sus libros y mientras le reprochaba su frialdad. Admiraba profundamente a Lezama Lima, mientras manifestaba reservas. Sólo Virgilio Piñera tenía gracia ante sus ojos. Este último había leído los manuscritos originales del Mundo alucinante, para el cual le había dado sus consejos al joven escritor autodidacta. Pero, de manera general, Arenas tenía en baja estima a la literatura cubana que juzgaba “mediocre y provincial”. En cambio, “leía y releía a Faulkner”.


Reinaldo Arenas en EE.UU. en los años ochenta.

“No hablaba nunca de lo que escribía, me dijo Delfín Prats, no revelaba nada, pero nunca jamás, el nervio de una narración, nunca en la vida. La leía a posteriori, por ejemplo en Gibara o en el parque Lenin, y así está muy bien, me parece. Nunca me confió ningún proyecto literario, salvo uno, que ibamos a realizar juntos. Por desgracia, no continué. No, nunca pidió la opinión de alguien, era un artista convencido de lo que escribía. Yo de igual modo, leía mis poemas sin pedir nada a nadie”. Antón Arrufat habla de los acentos líricos de la relación de Arenas con la literatura: “Lo vuelvo a ver, con un

libro en la mano en cualquier cincunstancia, en la playa, el bus, las filas de espera, en todas partes. [...] Hay tanto que decir sobre su obra. Algunos la juzgan desigual, injustamente. Para mí, es una obra rica, escrita en la urgencia. Escribía todos los días como si presintiera que su vida sería breve. Su obra forma parte integral de la cultura cubana. Su escritura es la del rechazo, del “no”, a la manera de Piñera, su maestro, su amigo con quien las relaciones siempre fueron fraternales.” El No, es el título de una obra de teatro de Virgilio Piñera. En diciembre de 1991, un año después de la muerte de Arenas, la universidad de Florida (FIU), le rindió un homenaje. Para Juan Abreu, que fue muy amigo de él, Reinaldo amaba los libros “con un amor irracional, feroz, contagioso, ciego y suicida.” Como todos mis interlocutores, Roger Salas estaba impresionado por la pasión de los libros en Arenas: “Siempre tenía un libro en la mano. Tristan Shandy de Laurence Sterne tuvo una gran influencia en Celestino antes del alba; el recurso a la página blanca, el procedimiento de la repetición se inspiran de esa obra. Era un libro leído y releído, que citaba sin parar. El Ulises de Joyce y sobre todo el Quijote figuran dentro de sus libros de cabecera, pero sus autores favoritos eran Góngora y Apollinaire. En lo que se refiere a Virgilio Piñera, sentía una veneración y admiración sin reservas. Las anécdotas que le contaba o escribía sobre o contra él, Virgilio mismo las contaba, yo las escuché de su boca. En cambio, con respecto a Lezama Lima, había por supuesto veneración, pero también distancia. Se sentía naturalmente más cerca de la irreverencia de Virgilio, de su lado burlesco, que del católico Lezama. Éste le temía, se decía, por su desfachatez y su declarada homosexualidad.”


Corredor del Hotel Monserrat — Foto de Suzanne Nagy

En Miami, el escritor Carlos Victoria, originario de Camagüey, hace un relato lleno de brío de su primer encuentro, donde la pasión por los libros jugó por cierto un gran papel, pero no fue lo único: “Era 1978. Le veía por primera vez, en la terraza de un café; se puso a contarme chistes y toda clase de anécdotas. Deslumbrante. Yo, ya no tenía dinero y comencé a vender cosas que tenía en mi mochila ya que mi tía de Miami, la pobre, me enviaba ropa y, lo confieso con vergüenza, ¡yo la revendía! Cuando ya no tuve nada que vender. Reinaldo sacó su propio dinero y seguimos bebiendo. Después de lo cual, fuímos a casa de Delfín Prats, donde quiso vender sus libros; me acuerdo que intentó vender en vano Ulises de Joyce, en cambio mis calzoncillos americanos encontraron comprador ¡en un segundo! (Risas.) Yo estaba completamente ebrio y Reinaldo decretó: “De ningún modo te vas a Camagüey, vienes a mi casa.” Me llevó a su cuarto del hotel Monserrate (1) y pasé la noche con él.

Al día siguiente, estabamos sin un céntimo; sin embargo le dije que quería invitarlo al restaurante a almorzar, pero tenía que vender mi camisa. Me dijo: “¡No te preocupes, te la compro!” (Risas.) Dicho esto, me anunció que iba a buscar dinero y a arreglar otros problemas. Sale y me encierra en su habitación. Sí, me encierra, no había querido salir con él, ya que quería leer El mundo alucinante, el único ejemplar disponible. Puso el candado: entraba y salía por el tragaluz, como un gato, para hacer creer que no había nadie. En la noche, trajo una botella de vino y no salimos. Pasé una segunda noche con él y al tercer día, fuimos a almorzar. ¡Pagué con el dinero de la camisa que acababa de venderle! Esperaba que me la devolviera después, pero no hizo nada con ella, ya que ¡le gustaba mucho, a él también! (Risas.) Este encuentro fue extraordinario para mí. Hablábamos mucho de literatura. Siempre fui un lector compulsivo y deseaba locamente encontrar a alguien que hubiera leído los libros que yo había leído y otros más. En general, teníamos los mismos gustos. Era la epoca del boom de la literatura latinoamericana. Coincidíamos en nuestra admiración por Vargas Llosa, por Donoso, sobre todo por El obsceno pájaro de la noche. Con García Márquez, tenía reparos; yo seguía adorando la tan bella novela Cien años de soledad. También me gustaba mucho El Amor en los tiempos del cólera, que acababa de aparecer y a él casi no le gustaba. A Arenas, yo lo admiraba profundamente.” (1) Denominación común del hotel Montserrat.

 

ACERCA DEL AUTOR

Liliane Hasson, universitaria, traductora y ensayista. Ha traducido al francés ocho libros de Reinaldo Arenas con quien mantuvo lazos de amistad. Las obras traducidas son: “Otra vez el mar” (1987), “Meditaciones de Saint-Nazaire” (1990), “Antes que anochezca. Autobiogra-fía” (1992), “Adiós a mamá” (1993), “El color del verano” (1996), “El asalto” (2000), “La colina del ángel” (2002) y “Viaje a la Habana” (2002). Ha publicado también varios estudios sobre el escritor y libros sobre la cultura cubana: “La imagen de la revolución cubana en la prensa francesa y española" (1981), “Cuba – Cuentos y novelas cortas de hoy” (1985) y “La sombra de la Habana” (1987).