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Web y multimedia
01 02 2009
Photoshop, magia y trucajes, por Macha Séry
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El retoque fotográfico no es por cierto un fenómeno reciente, pero se sistematizó y amplificó a un punto sin precedentes. Aparte del clásico trabajo de alisado y borrado de imperfecciones, los directores artísticos de las revistas ya no dudan en falsificar los rasgos, empequeñecer la nariz, redondear el mentón, acentuar los pómulos, inflar senos y nalgas de tal modo que a veces cuesta identificar el original sin su doble digital. Los diarios que publican este tipo de fotos o los anunciadores publicitarios deberían indicar “foto realizada con trucaje (Photoshop)”.

Así sucedió con el impacto de marketing publicitario Dove, premiado en Cannes, con el vídeo de la transformación de una mujer en modelo. Viendo la cubierta de Vogue, el cronista Perez Hilton se enfurece contra los que redibujaron el cliché de Gwyneth Paltrow “difícilmente reconocible”:“ Gwyneth se parece más a un robot que a un ser humano.”

Cada semana el gacetillero mundano Perez Hilton otorga en su exitoso blog los trofeos Photoshop, apoyándose en anuncios publicitarios y cubiertas de revistas. La más reciente, Kate Hudson en la portada de Harpers’ Bazaar de enero. En función de las fotos de Liza Minelli, Serena Williams, Kylie Minogue, Maria Carey, Madonna, el blogger denuncia o alaba el trabajo de los magos de la técnica digital. Muchos sitios web ponen en línea las fotos antes/después de las estrellas, tales como Ellf.ru.

Ahora bien, la cara tiene la singularidad de ser un paisaje. La novelista Colette usaba así un lenguaje sensible, exaltando la botánica. Sus retratos de políticos tienen algo de naturaleza muerta, del cuadro de caza, de la colección de un herborista: Joseph Caillaux y su cabeza “modelada en una cerámica dura”, “de una aridez calcinada que ha rechazado cualquier vegetación”, su “casco craneano, en forma de v, la v que se esconde debajo de la piel de felino”, la “mirada de un marrón un poco verde por el reflejo de nuevos follajes, ágil, facilmente impregnado de amabilidad voluntaria, pero tan intraducible, tan impenetrable como la mirada de los pájaros”; Aristide Briand y su “gran pupila, un azul extensible que a veces parece alcanzar, desbordar y maquillar el párpado mismo”; Gaston Doumergue su alegría “pintada con los colores de la manzana de invierno”, “el ojo en el que baila un punto dorado, rie con una risa menos familiar que la boca”.

Con Photoshop, gracias a su desenfocado de calidad y sus funciones de coloreado, el rostro deja lo vegetal —lo que se marchita—, incluso lo mineral —lo que erosiona—, para entrar de lleno en el universo químico de la reproductibilidad. Textura de piel idéntica, sin poros visibles bajo la lupa, carnaciones de piel en serie, a menudo en matices nacarados, gracias a los programas de retoque de fotos. Atenuar ojeras, quitar arrugas, pero lo más sorprendente, al ver los retratos de las estrellas pasados por el pincel digital, es el cutis de bebé o de muñeca de celuloide. A la epidermis se substituye una máscara diáfana, casi irreal, que hace olvidar lo corpóreo, sin defectos ni expresión al estilo de los excesos de la cirugía que clona aires de pantera al acecho.

 

Plástica sin plasticidad

Esta textura virtual es un artificio común, duplicado por todas partes. La excepción falta a la regla, la emoción ya no surge, no más que esa turbación susceptible de atrapar al espectador frente a la armonía de una composición, este aniquilamiento de algo que está ahí, en su singularidad, en la que uno se pierde, como en el enigma de un lienzo. El simple maquillaje, por más sofisticado que sea, no impide la reacción emotiva en los espectadores. Aún menos las luces y el blanco y negro trabajados en los estudios Harcourt que nimbaban de misterio una mirada, volvían un labio carnoso, vaporosa una cabellera. Mejor aún, aumentaban el desconcierto. Con la tecnología utilizada por los directores artísticos de las revistas, se produce un fenómeno diferente. Una impresión artificial, plástica sin plasticidad. En suma, una carnación... desencarnada.

En la obra Mitologías (Seuil, 1957), Roland Barthes consagraba un capítulo al rostro de Greta Garbo, arquetipo de la belleza perfecta. Rostro objeto, rostro tótem, “rostro no dibujado sino esculpido, en lo liso y desgranado, es decir a la vez perfecto y efímero”. A deferencia de otras actrices que dejaban ver el avance de la madurez, mejillas hundidas o rostros plenos, la Divina escogió el retiro y el silencio: “No se debía dejar que la esencia se degradara, era necesario que su cara no tuviera otra realidad que la perfección intelectual, mucho más que lo plástico”. Algo un poco impasible, que ninguna emoción humana animaba. Al mirarla, la estrella hollywoodense ofrecía la pura comtemplación. “La cara de Garbo”, señalaba Roland Barthes, “es idea, la de Hepburn acontecimiento.” No hubo sino una Greta Garbo, y son raras las celebridades que hoy frente a las cámaras, siguen el ejemplo de Audrey Hepburn. A excepción de Jeanne Moreau y Edith Scob.

Difícil, por cierto, hacer duelo de una belleza tan aclamada, siendo ésta ya una reputación exorbitante para defenderla ante un público cruel. Penoso, mientras la belleza y la juventud sean asociadas a la seducción. Una intimación reforzada por los fabricantes de cosméticos, que realizan campañas prometiendo diez años menos, un rejuvenecimiento total.

El tema musical de la serie “Nip/Tuck” consagrada a dos cirujanos plásticos, Make me beautiful, se volvió la consigna de un tiempo familiar del Botox y del ácido hialurónico. Esta época ya no tolera ojos muy brillantes, accesos de risa, marcas de decepción, huellas de la vida con sus pesares, alegrías y amarguras. ¿Hay que atenuar por eso las mejillas demasiado rosadas y cualquier manifestación de una fatiga reveladora? La actriz italiana, Anna Magnani, repetía a su maquilladora: “No esconda demasiado mis arrugas, me tomó tanto tiempo tenerlas.”