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Homenaje
04 07 2009
Fernando Aínsa: de la España peregrina al exilio uruguayo por Alfredo Alzugarat
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Quizá la propia trayectoria vital de Aínsa explique su vocación por el topoanálisis, indique ese privilegio otorgado al espacio como primer punto de mira para el análisis de la literatura, como focalización determinante para desentrañar los significados del imaginario. Su propia vida puede resumirse en “una geografía íntima y secreta“, “una cartografía personal e intransferible“, según sus palabras. Su historia circular, de ida y de vuelta, de pasaje de un exilio a otro, de arraigos y desarraigos, encierra un vínculo con el espacio como pocas. Lógico resulta pues, que el complejo recorrido de su obra crítica desembocara en una propuesta de geopoética, tal como la diera a conocer en sus últimas obras.

“El lugar es elemento fundamental de toda identidad, en tanto que autopercepción de la territorialidad y del espacio personal", nos afirma con certeza. En su caso, no uno sino varios espacios otorgan esa identidad. Tampoco voluntarios y de libre elección en su mayor parte, sino forzados por el devenir de las circunstancias. Integrante de los “niños de la guerra” española, cuyos padres huyen del suelo natal impelidos por los desastres tras la caída de la República, encontrará en la América del Sur, en Uruguay precisamente, un entrañable remanso de más de dos décadas, una patria adoptiva que finalmente también lo empujará al exilio en París desde donde, veinticinco años después, podrá volver al punto de partida, a las tierras de sus ancestros. Los distintos espacios dividen su vida en varias etapas o tramos otorgándole identidad. Pero ningún espacio está drásticamente separado de los otros, todos conviven en un mismo ser que se alimenta de ellos. Se vive en uno añorando al otro.

 Podríamos comparar la trayectoria vital de Fernando Aínsa con muchos otros intelectuales y escritores cuyas vidas transcurrieron entre dos mundos, por cierto, pero, por una relación de cercanía, se me ocurre hacerlo con William Henry Hudson. Nacido en Argentina, hijo de anglófonos, Hudson recorre el sur de su país y zonas rurales del Uruguay para luego exiliarse definitivamente en Inglaterra. Lo asimilado en el Sur será materia prima fundamental para lo que escribirá en el lejano Norte, vivirá en este último espacio recreando los anteriormente vividos, desde el brumoso Londres que lo adoptó reconstruirá el deslumbramiento que le produjo la naturaleza viva y múltiple de la Patagonia y la pradera soleada y rebelde del Uruguay a la que emblemáticamente bautizará como “tierra purpúrea”. Han transcurrido más de treinta años entre la experiencia vivida y su testimonio a través de la narración. Al unirse por la vía del recuerdo y la escritura los distintos espacios, se unen también las distintas etapas de la vida. Las “etapas” y las “provincias con frontera“, como ha preferido decir Aínsa, quien atravesó por similar experiencia.

 

Montevideo

 América fue la tierra preferida para los primeros intelectuales que emigran o huyen de su país: Salinas, Guillén, Cernuda, León Felipe, Alberti, Altolaguirre, y para los que les siguieron tiempo después. Es profunda la admiración del joven Aínsa por aquellos que alcanzó a conocer junto a su padre: José Bergamín, Benito Milla, Eduardo Yepes. Asiste al recital del poeta Marcos Ana en su primera llegada al Uruguay después de 22 años de prisión. Valora las virtudes de Margarita Xirgú. El exilio español está presente en su vida como lo está en la cultura uruguaya de los años 50 y 60 y es, sin duda, factor fundamental en su formación.

A la vez, sin traumas aparentes, se inserta en la numerosa generación de escritores uruguayos de los años 60. “Son clara y simplemente un grupo”, afirmaría Mercedes Ramírez de todos ellos, “unidos por una difusa conciencia de ser los delegados del porvenir y, sin tener aquella arisca combatividad casi parricida de la generación del 45, asumen la postura decidida de quien está haciendo algo diferente de la anterior”. Serán también los “legatarios de una demolición”, al decir de Real de Azúa y los que, según Aínsa, “munidos de un sólido bagaje intelectual, formados en la mejor tradición europea y norteamericana” les tocó descubrir a un mismo tiempo “la eclosión de la literatura latinoamericana” y los, a esa altura, claros “indicios del deterioro del sistema en el que habían crecido”.

Insertarse en la generación de los 60 era también insertarse en años movedizos y turbulentos, de crisis profunda, censura y garrote, latinoamericanización y aspiraciones revolucionarias. Difícil era ser consciente de la dimensión de ese presente y menos de avizorar el cruel futuro que aguardaba inexorable. Al narrador de Con cierto asombro (1968) pronto la realidad lo superará. Las manifestaciones, la represión en las calles, los episodios de lucha armada, le resultan obra de “pocos” entre “muchos que deliran”, que se movilizan “sabiendo que todo será siempre y por ahora: solidaridad con algo ajeno, protesta momentánea, horas de calabozo y sobreseimiento en la Corte”. Es un narrador que todavía quiere confiar empecinadamente en la excepcionalidad de un Uruguay que había sido pero que ya estaba dejando de ser y que manifiesta sus dudas y su temor al respecto, por eso utilizará expresiones como “por ahora” o “momentáneamente y que dure”. Muy pronto, parafraseando al autor, los sablazos no irían de plano sino de filo, las ráfagas no serían de agua sino de ametralladoras y los “pocos” se convertirían en una muchedumbre de presos, asesinados, desaparecidos y exiliados.

Resulta de interés contrastar aquella imagen de los años 60, realizada en el momento de los hechos, y la que hoy Aínsa ofrece tamizada por la distancia del tiempo y la reflexión, en su último libro Espacios de la memoria, donde la nostalgia se une a un desengaño patente, maduro, definitivo. Aunque sostenga que “Uruguay prolonga hasta bien promediada la década del sesenta la creencia en la estabilidad, en la propia capacidad auto- regenerativa interna, tanto en el plano político como en el cultural” podrá también afirmar que “el asesinato, el velatorio y el entierro de Liber Arce el 14 de agosto de 1968 dan la conciencia al Uruguay de que se ha entrado de lleno en un proceso de violencia”.

Y concluye: “A partir de los setenta, los “niños de la guerra’ española empezaríamos a vivir en carne propia el destino de nuestros padres. Una historia cíclica parecía repetirse, ineluctablemente”.

París

Desde abril de 1974 la capital de Francia será su lugar de residencia por veinticinco años. “Empiezo a creer que es verdad que ‘nunca estuve más cerca de Latinoamérica que cuando vivía en París’”, afirmará en su libro Travesías. Su vocación por la identidad latinoamericana se reafirmará en 1977, año en que escribe “La significación novelesca del espacio latinoamericano” y “Los buscadores del paraíso”, ejes de su obra Los buscadores de la Utopía. Se marca allí un punto de inflexión en su pensamiento.

La habilidad de Fernando Aínsa para insertar una escritura confesional o testimonial en su discurso crítico o en sus panorámicas socio - literarias permite dar una idea de las alternativas, giros o aún rectificaciones de su perspectiva. Así afirma en 1997: “Al abordar estos temas a lo largo de los años, tanto en ensayos sobre literatura uruguaya como en el más vasto de la latinoamericana, no he dejado de replantearme ’dudas cartesianas’ que ningún ’discurso del método’ crítico me ha resuelto. En los lejanos días en que empecé a trabajar sobre la obra de Juan Carlos Onetti, creía que la creación literaria debía ser analizada en forma autónoma, prescindiendo lo más posible de todo análisis contextual, lo que intenté reflejar en Las trampas de Onetti (1970). Hoy en día no estoy tan seguro de ello. En todo caso, tengo más dudas que entonces”

En las entrelíneas de estas expresiones se oculta la vastedad de la literatura latinoamericana y el tema de la identidad como quehacer literario. Ambos conceptos lo convocan hasta volvérsele preferenciales e inevitables, casi una obsesión. Puede especularse con varios factores concomitantes precipitando la vocación crítica por la literatura latinoamericana y por el empeño identitario. Por un lado, la pertenencia a la generación de los 60 en Uruguay y su contexto histórico; por otro, las consecuencias del “boon”, que colocan a la narrativa latinoamericana en un sitial de privilegio para el lector europeo. Finalmente, la realidad latinoamericana entrevista definitivamente como una sola tras concluir, para bien o para mal, la excepcionalidad política, social y económica de un Uruguay que vivía a espaldas del resto del continente. Pero, por sobre todo, incide la realidad de su condición de exiliado o, en su caso, de re-exiliado. Según Lewis Edinger, los pensamientos y acciones del exiliado “permanecen orientadas hacia la tierra que continúa suya” y “sus raíces emocionales e intelectuales permanecen firmemente arraigadas en su pueblo”. ¿Cuál es la tierra, el pueblo de Fernando Aínsa? Pocas veces existe oportunidad de encontrar un caso tan flagrante de doble nacionalidad. Si “el lugar es elemento fundamental de la identidad”, como el propio Aínsa ha expresado, recordar a Uruguay es recordar por extensión a toda América y recordar a España.

La poética del espacio, de Gastón Bachelard, y en general, el espacialismo como perspectiva pluridisciplinaria, es el último factor que se coadyuva a los demás. Todos serán firmemente imbricados en la visión global de la literatura latinoamericana y uruguaya que Aínsa irá tejiendo pacientemente por más de tres décadas. Imposible será para él concebir esa literatura sin las nociones de espacio - tiempo y espacio - identidad.

El “sistema de lugares” que traza desde 1977 en adelante procura abarcar la literatura latinoamericana como interrogante y respuesta a la realidad de la América total. La relación subjetiva que se establece entre el hombre y su alrededor implica necesariamente una representación del paisaje cargada de significado. Texto y contexto: la geografía se vuelve metáfora y los espacios, reales o imaginarios, naturales o artificiales, colectivos o íntimos, serán visitados por Aínsa: el “espacio de la selva” y el de las ciudades, las ínsulas y los ríos, el viaje y la búsqueda de la utopía, la casa, el jardín y la frontera, todos con su carácter ambivalente, con su ambigua sustancia de heroísmo y extrañitud, de sueño y realidad, de separación y de encuentro o transgresión. Todo se incorpora, de manera flexible pero nunca forzada, a esta concepción sistémica de la literatura latinoamericana. Estacionado en ella es posible expandirse en todas direcciones y forjar panorámicas exhaustivas que  recorren diacrónicamente el imaginario latinoamericano, desde las Crónicas de Indias hasta la más reciente narrativa, en constante reactualización, reciclando una y otra vez la materia prima en el objetivo último del trazado de un canon siempre enriquecido. Conclusión inevitable de este desarrollo es la propuesta de una geopoética, campo abierto a la especulación y al descubrimiento, que explique y describa el pasaje del “topos” al “logos” y las distintas instancias del paisaje conquistado por el hombre.

En la base de su complejo abordaje literario subyace la América mestiza,”mayoritaria y plural, la que mejor define esta identidad configurada día a día en un proceso de creación y recreación permanente”. Es el reconocido legado de su maestro Leopoldo Zea, que adjudica a América “un doble pasado o una doble herencia: la propia y la de Europa”, y dentro de esta, en primer lugar, la de España.

Preceden y anuncian esta geopoética en la ensayística latinoamericana estudios de Carlos Fuentes, Fernando Alegría y Octavio Paz. Corresponde a Fernando Aínsa el mérito de una sistematización y aplicación práctica de la misma de minuciosa elaboración. Así lo demuestra en Del topos al logos (2006), su obra más acabada.

 

ACERCA DEL AUTOR

BIO: Alfredo Alzugarat (Montevideo, 1952) es Licenciado en Letras por la Universidad de la República. Narrador, crítico e investigador. En 2007 publicó Trincheras de papel. Dictadura y literatura carcelaria en Uruguay. Ha participado en En otras palabras, otras historias (Hugo Achugar comp.,1994), La gesta literaria de Marcos Aguinis (Juana Arancibia comp. 1998) El presente de la dictadura (Álvaro Rico comp.,2005), William Henry Hudson y la tierra purpúrea (2005) y Actas. Jornadas Cervantinas a cuatrocientos años de la publicación del Quijote (2006). Como crítico colabora en la actualidad en El País Cultural.