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Desde 2001, difunde la literatura y el arte — ISSN 1961-974X
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Literatura
1 1 2012
Stefan Zweig, heraldo del humanismo universal (II) por Jorge Castellón

Es difícil escoger la obra maestra de este escritor. Como biógrafo, tiene la dicha de ser apreciado por diferentes lectores, desde los jóvenes que se asoman al mar de los hechos del pasado por vez primera, hasta la de los eruditos, que encuentran en sus libros el rostro, el alma y el cuerpo humano, dentro del frío hecho histórico, descarnado, que mencionan las enciclopedias. No obstante, Zweig también es un novelista, un poeta y un traductor. Y en esas vertientes parece haber a la distancia, un cauce común, donde esas aguas se juntan y dan forma al objetivo final de su obra: comprender el acto humano -¡vaya tarea¡- y compartirnos el secreto silencioso que guarda en el corazón una persona, para mejor entendernos a nosotros mismos y a nuestras pasiones: la culpa, el miedo, la ambición, los celos, los anhelos, la ira, la soberbia, el amor, el ideal, la honestidad, y todo aquello de lo que estamos hechos.

Qué otra cosa puede esperarse de un leal amigo de Sigmund Freud, al que, como es sabido, por muchos años ha de visitar semanalmente mientras ambos viven en Inglaterra, y a quien dirige una de las más hermosas elegías que podemos conocer, donde entre otras cosas, destaca más que nada la honestidad científica del que fuera su compañero de exilio y su amigo de ideas. Porque leyendo a Zweig, uno guarda silencio y admira más que nada, el juicio equilibrado, la justa sentencia, la empatía, la sutil propuesta de una perspectiva nueva frente a un hecho conocido, y que nos hace, verlo diferente. Lo mejor que Zweig toma de Freud, es, desde sus propia subjetividad como escritor, dimensionar el acto humano, destacar sus motivaciones internas, adherirlo a la personalidad toda del que vive, y descubrirlo en un momento específico, concreto, de aquella vida, no como un organismo que reacciona, sino, como una persona que es fiel a si misma, en su error o en su acierto, en medio de una circunstancia histórica irrepetible.

En una ocasión, Zweig anota: “Vivimos miríadas de segundos y, sin embargo, no hay nunca más que uno, sólo uno, que pone en ebullición todo nuestro mundo interior: el segundo en que (Stendhal lo describió) la flor interna, empapada ya con todos sus jugos, realiza como un relámpago su cristalización —segundo mágico, semejante al de la procreación y, como ella, oculto en el seno izquierdo de su propio cuerpo, invisible, intangible, imperceptible-, misterio que no es vivido más que una sola vez (1).

Sin esa perspectiva, no puede unos acercarse a la obra de este insigne biógrafo y ensayista, sin saber, que hemos de encontrarnos, no con una lista de hechos sucesivos, sino, con una reflexión fina sobre los sentimientos, una psicología que parece respetar esa máxima filosófica de Ortega y Gasset: Yo soy yo y mi circunstancia, y que se ve aplicada eficazmente en el estudio de todas esas personas, mujeres y hombres, a las que les dedicó su trabajo como biógrafo.

Pero hay otro aspecto fundamental en la filosofía personal de Zweig, y qué mejor fuente para acercarnos a ello que esa breve obra suya llamada Los ojos del hermano eterno —la cual ve la luz en idioma español en 1957—, y donde Zweig nos narra una sencilla y a la vez, profunda historia de un hombre —Virata— que encuentra la felicidad sirviendo a otros, después de haber intentado encontrar felicidad huyendo de toda acción, de todo acto, concluyendo al final que “…también la inacción es una acción […]Porque el libre no tiene tal libertad, y el inactivo no por serlo escapa al error. Sólo quien es útil es libre: quien da su voluntad a otro y su energía a una labor, y trabaja sin querer saber más. Y concluye: Solo la parte media del acto es labor nuestra. Su comienzo y su fin, su causa y su efecto, son de los dioses (2). Zweig, entrega toda su voluntad a su obra única. Ejercita su libertad como artista a través de su entrega absoluta a su cometido, sin saber del alcance de su obra, ni el alcance mismo de su propia vida mortal. Trabaja incansablemente, casi anticipando la brevedad de su vida. Se entrega a la tarea de su presente, a su misión personal en su muy propia circunstancia.

El autor comprende que la acción humana es limitada y en su esencia, ajena por sus causas y efectos, a la vida que la engendra: sólo la parte media del acto es labor nuestra, dice. Y en ese reducido espacio que a la persona le es dada, que será único, está toda la oportunidad que tenemos para entregarnos a la vida, para gozarla y abonarla con la magia de nuestro acto creativo, cuyos frutos, nos serán ajenos. Sólo somos dueños del presente, la obra que ejecutamos, es la que debemos concluir.

Pero Zweig, con su tarea de escritor no solamente nos trae del pasado todo el legado humanista que cabe en cada uno de sus libros, mejor, todas esas vidas que saliendo del olvido al que las ha relegado el pasado, él yergue, para hacerlas presentes como personalidades vivas, se convierten en referentes necesarios para el conocimiento de nuestro tiempo. Así, el autor no sólo eterniza un momento de una vida particular, al mismo tiempo, nos da lo mejor de ese instante en su tarea no sólo de un escritor, sino, del escritor que se adhiere a un humanismo, a una responsabilidad por lo que acontece en el presente o pueda ocurrir en el futuro de la humanidad toda.

En su libro sobre Erasmo de Rotterdam, escribe, refiriéndose a este humanista del Renacimiento: “…sus ideas, sus deseos y sueños han dominado a Europa durante una hora universal de su historia, y es una fatalidad para él, y al mismo tiempo para nosotros que esta pura voluntad espiritual de una definitiva unificación y pacificación de Occidente sólo haya sido un entreacto, rápidamente olvidado, de la tragedia, escrita con sangre, de la común patria” (3). Zweig nos expone la circunstancia histórica dentro de la que una determinada personalidad vive, pero nos presenta al mismo tiempo, la grandeza de la circunstancia interna, de la actitud espiritual de ese individuo real, frente al mundo que le toca vivir. Es decir, conocemos a aquellas personas, que han entregado su vida sólo a sí mismos, y que obedeciendo a sus propias convicciones, han sido libres, útiles, y que han encontrado en su preocupación por el otro, la insignia de su sino.

Indudablemente, su preocupación primera, es salvar a los humanistas, a los heraldos de la paz, del diálogo, de la razón, salvarlos del ruido con el que el mundo persistentemente los ha olvidado, a ese grupo de hombres y mujeres que se relevan en el tiempo para mantener viva la esperanza de la humanidad.

En ese mismo libro sobre Erasmo, Zweig nos brinda una idea básica que impregna su trabajo como escritor, cuando dice: “Humanista puede llegar a serlo sólo aquel que sienta aspiraciones hacia la educación y la cultura; todo ser humano de cualquier categoría social, hombre o mujer, caballero o sacerdote, rey o mercader, laico o fraile, tiene acceso a esta libre comunidad, a nadie se le pregunta por sus orígenes, su raza y clase social, por su idioma y nación” (4). Y es precisamente en la educación de las nuevas generaciones donde él, ve su cometido.

¡Digámoslo de una vez!, la tarea intima de Zweig, es educar por medio de la memoria histórica de la humanidad. Sus libros, llevan no sólo la intención de informar del pasado, ya se dijo, sino, de educar el mundo espiritual de las generaciones jóvenes.

En otra obra de Zweig, La lucha contra el mundo —ese minucioso libro sobre la obra de Romain Rolland—, el autor resalta el contenido de la carta que Tolstoi envía a Rolland y que parece ser otra columna básica de los principios morales del propio Zweig, a saber: “…sólo tiene un valor aquello que se propone unir a los hombres, y que sólo cuenta aquel artista que hace un sacrificio en holocausto de su convicción. Considera —sigue Zweig parafraseando a Tolstoi— que la condición previa de toda verdadera vocación no consiste en el amor al arte, sino en el amor a la humanidad” (5). Y es ese espíritu de amor a la humanidad, lo que de inmediato se escapa al abrir las páginas de las obras de este biógrafo. 

Su último ensayo, Montaigne, queda inconcluso en el papel. Quizás al quitarse la vida, Zweig lo concluye radicalmente al querer conservar con ese acto fatal, la independencia de su espíritu frente a la calamidad que el ve inevitable en medio de la oscuridad de la Segunda Guerra Mundial. Al parecer comprende que en la calamidad del mundo su alma moral y artística no podrá ya sobrevivir. No podrá ser feliz, rodeado de la absoluta tristeza del mundo. No quiere presenciar —este hombre que atesora para la memoria, los esfuerzos de los humanistas a favor de la paz y la solidaridad entre los pueblos—, no puede presenciar digo, el derrumbe de la cultura, de la razón, del valor del espíritu humano creativo al cual él ha dedicado su vida entera

Paradójicamente, en su también última novela, Novela de ajedrez (6), pequeña obra magistral, Zweig tal vez nos presenta su propia lucha consigo mismo. Quizás, en ese juego consigo mismo que ejecuta su personaje, “el señor B”, en esa escisión de una misma persona en un jugador de las piezas negras y un jugador de las piezas blancas, esté la misma lucha del escritor consigo mismo, en la que nadie parece salir derrotado, pero en la que ambos se agotan, es decir, en la que el mismo se agota… sin saberlo.

Me parece escuchar a Borges cuando escribe:
Dios mueve al jugador, y este, la pieza.
¿Qué dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueño y agonías?

Muere un 23 de febrero por la tarde, junto a su segunda esposa, Son encontrados en su dormitorio yacientes sobre su cama. No se les realiza ninguna autopsia… Es correcto pensar que cuando Zweig escribe la primera palabra de su autobiografía, un año antes de su muerte, ya pensaba en el final cercano de su vida. Como también, permítasele al que escribe esta nota, suponer, que la eutanasia consumada por Freud, deja una impronta indeleble en su amigo, que de alguna forma la emula, para acabar con su propio dolor espiritual.

En una nota póstuma, Zweig deja escrito:“Saludo a mis amigos, quizás ellos vivan el amanecer tras la larga noche. Yo estoy demasiado impaciente y parto solo”. Gabriela mistral, su vecina y amiga de ese entonces, comentaría con profunda verdad: “Murió de guerra.”

Houston, Texas. Julio de 2009

Notas:

(1) La confusión de los sentimientos. Editorial Época. México. 1991. p. 11.
(2) Los ojos del hermano eterno. Editorial Juventud. Barcelona. Cuarta edición 1983. p. 74-75.
(3) Erasmo de Roterdam. Editorial Juventud. Barcelona. Segunda edición. 1986. p. 97.
(4) Ibidem. P. 98.
(5) La lucha contra el mundo. Mateu-Editor. Barcelona. Sin fecha. p. 18.
(6) Novela de ajedrez. Editorial Acantilado. Barcelona. Sexta reimpresión. 2007.

acerca del autor
Jorge

Jorge Castellón, El Salvador (1967), es graduado en psicología en la Universidad de El Salvador. Se desempeña como maestro de educación primaria y español en la ciudad de Houston, Texas, EE.UU., donde actualmente reside. Ha publicado artículos y ensayos sobre literatura e historia, en revistas electrónicas locales (El Faro, Contrapunto) y en el periódico Co-latino de El Salvador. También ha publicado poesía, narrativa, artículos y ensayos de crítica literaria en Revista Hontanar de Australia, Revista Cultural Artenet de La Florida, Estados Unidos; Letralia de Venezuela, Amsterdansur de Holanda, Ventana Abierta, de la Universidad de California en Santa Bárbara, EE.UU. Destiempos de México. Sus blog personal es: jorgeecastellon.blogspot.com.