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Desde 2001, difunde la literatura y el arte — ISSN 1961-974X
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Arte
1 7 2013
Marcel Madueño: entre el arte figurativo y el abstracto por Héctor Loaiza

El acontecimiento que cambió radicalmente la existencia de Madueño fue descubrir, en 1976, su vocación artística en París. Cuenta haber entrado por casualidad en una tienda de material para pintores, donde se quedó fascinado por las posibilidades del pastel graso. A partir de ese día, empezó a pintar con dicho material sobre cartulina (1), con un estilo que favorece las formas geométricas. Su temperamento se siente más identificado con el pastel, ya que su manejo requiere mucho cuidado y los colores obtenidos son sutiles.

Los comentarios publicados en la prensa sobre el artista insisten en su autodidactismo. Es muy posible que el no tener una formación académica le haya dado mayor libertad para pintar. Existen muchos casos de autodidactas célebres en la historia del arte, como el “Aduanero” Rousseau, Francis Bacon y Fernando Botero.

No basta tener talento, sino que un artista debe saber innovar para dejar una impronta en su época. En 1979, Madueño se atrevió a presentar a la comisión examinadora del Salón de artistas jóvenes del Grand Palais de París un cuadro titulado Apocalipsis, y el hecho de que le permitieran participar con esta obra le causó gran sorpresa y afirmó aún más su vocación.

Con elementos sencillos, formas cuadradas o rectangulares, el artista ha creado en sus obras una atmósfera onírica que nos evoca ligeramente los lienzos de algunos artistas surrealistas como Magritte. Su relación de amistad durante los años 1970 y 1980 con su compatriota, el pintor Gerardo Chávez —cuya obra posee ecos surrealistas del gran maestro Roberto Matta—, pudiera haber influido de alguna manera en la primera etapa de la pintura de Madueño. Sin embargo, no se ve en sus cuadros referencias a una sensualidad recurrente, como en Matta y en Chávez.

En el cuadro con el que participó en la “Exposición de pintores latinoamericanos”, en la Maison de l’Amérique latine de Mónaco (1984), Madueño logró armonizar las figuras geométricas, curvas y volúmenes en una composición equilibrada. El único elemento que rompe la aparente horizontalidad del conjunto es la inserción de púas; todo ello, dentro de un rebuscado contexto cromático.

En 1988, mostró al público peruano el resultado de su búsqueda plástica en la galería Trapecio de Lima con obras en las que había introducido ruedas que sugerían ser juguetes. Al incluir las ruedas en sus composiciones el artista se refería al universo maravilloso de su niñez, transcurrida en la idílica ciudad andina de Tarma (2). En dichos cuadros, todavía persisten curvas y esferas que, a medida que su obra evolucionaba, fue abandonando.

Sus cuadros son bidimensionales, construidos con planos horizontales o verticales que se cruzan para insinuar una puerta o una ventana. El fondo casi siempre es azul turquesa y la presencia de círculos, cuyos colores varían del blanco al anaranjado, que representan el mundo espiritual invisible y trascendente, y el paso del tiempo.

En una de sus obras, un corredor termina en una puerta —la transición entre lo conocido y lo desconocido— que da a la noche y que invita a viajar más allá de la realidad, a adentrarse en un universo onírico que el artista ha creado. En esa puerta pululan «pequeñas naves espaciales de colores tornasolados y fugitivos», como ha observado Claude Couffon (3). Los muros terrosos del corredor y el piso de color rojo muestran una perspectiva caprichosa que es una aproximación a un espacio no euclidiano. Una esfera metálica brillante, como la de un astro apagado, yace en el lado derecho.

De algunos lienzos del “Aduanero” Rousseau parece surgir una música festiva o el colorido y las formas redondeadas de los personajes de Botero inspiran ironía, la opacidad de los colores del pintor peruano —resultado de frotar el pastel graso sobre la cartulina o el cartón— motivan silencio y gravedad.

En París, centro de una tradición artística, el trabajo de un pintor es cuestionado en permanencia por las creaciones de artistas de diversas latitudes, Madueño ha construido pacientemente una obra coherente sin recurrir a vanos artificios (4) ni sucumbir a las modas. Su estilo es original en el arte peruano por el intento de reconstruir los mitos y las leyendas de su país, que han sido tamizados hasta alcanzar una dimensión universal.

 

(1) “Marcel Madueño: la vida como juego trascendente”; entrevista realizada por el poeta peruano Julio Heredia y publicada en El Comercio de Lima en junio de 1996.
(2) Ibíd.
(3) “Marcel Madueño o el universo fantástico de la geometría”, comentario del escritor francés Claude Couffon. Quartier Latino, París, 1997.
(4) En mi artículo “Memoria y mestizaje en los artistas peruanos de París”, publicado en la revista Arte al día de Buenos Aires, n.° 86, 2001 y en la edición de Resonancias de abril de 2009, con el título “Artistas peruanos en París”.