Domingo 16 | Junio de 2024
Director: Héctor Loaiza
7.433.104 Visitas
Desde 2001, difunde la literatura y el arte — ISSN 1961-974X
resonancias.org logo
157
Narrativa
3 5 2016
Mujer sombra limón por Gisela Vanesa Mancuso


Sólo horas después llegó la salvación. Y si me apresuré a aferrarme a ella fue por lo mucho que necesitaba salvarme.
“Restos de carnaval” en Felicidad clandestina, Clarice Lispector

Las mañanas son complejas. A veces todo el día es una lucha infinita de dos gladiadoras prófugas de un dibujo en blanco y negro. Grafito en los lagrimales; sequedad en los labios; una ola que, inmensa, abre su vestido de sales, muy después, en la orilla, sobre las uñas rojas. Restos oníricos que se impregnan, como las retamas de las pasionarias, en la hoja en blanco de cada desperezamiento. No hay mate con anís y manzanilla. No hay perfumes ni carteras nuevas que evoquen la paz de un pico de montaña nevada.
Cada mañana, araño la tierra disfrazada en la brisa que todavía reverbera la dama de noche, moribunda, para zafar de un llano dolor. De un miedo resonante que vuelve, como un monstruo de agua hirviendo, a bañarme la cara antes de la lucha.
Una soga larga, de trenzas de mimbre; sombras que miran, como en un coliseo, y otra, abrumadora, a veces familiar, a veces indistinguible, que tira desde un extremo y me desafía con sus ojos de humo desorbitados.
Y esta mañana no fue distinta.
Traté de esquivar esta asistencia obligada a una relación de fuerzas, y ella estaba ahí, respirando sol en el patio, abrazando con sus manos robadas los barrotes de la puerta de rejas para que la dejara entrar. La gata husmeó el aire, la descubrió, la sintió airosa, marcando, con su primera orina, un territorio que nos pertenece y la gata huyó después por entre las piernas abiertas de la sombra que entraba. Y yo cerré los ojos. “Otra vez. Otra vez.”, me dije. Y era volver a dormir, zambullirme en una vida inconsciente, y dormir, dormir y dormir para no verla o mirarla a los ojos cáscaras verdes y teñirlos con la mirada de mis ojos marrones.
A veces, me entrego, pero hoy, enseguida, sin darle espacio a la ceguera, abrí los ojos: pestañé varias veces, ignorando que algo o alguien me esperaba en el umbral de la mañana. ¡Y es tan difícil ignorar que delante de ese pequeño limonero que dio sus primeros frutos, enanos, verdes, y hasta pulgosos, está ella disfrazada de hojas verdes, con los senos diminutos pero con pezones protuberantes, con sus caderas de jarrones y sus patas confundidas con el granito de las baldosas! ¡Es tan difícil ignorar eso que existe, que se presenta, incólume, cada mañana al despertar, para que no me sea sencillo “ganarme la vida”!
Ella esperaba, empuñando el extremo de la soga, dibujando un “no” valiéndose de una rama de una hoja del limonero: “no podés”, “no podés”, “no vas a poder”, y no puedo, no pude, no pude, no pude, pero queriendo poder.
Ensayé una nueva estrategia: inventé un recorrido interno bordeado y bordado de todo lo que, en la casa, me hace inmensamente feliz. Volví a la habitación: una sobredosis de perfume de naranja en todo el cuerpo y, pronto, muy pronto, con una sola mano, probé mi fuerza: saqué las sábanas blancas donde, a su modo, ella había dejado los desechos de su renacimiento, las puse en el grifo y dejé que el agua corriera fría sobre una cantidad de suavizante, y mi nariz dejó de percibirla. Por un intervalo, no había sino olor a cola de bebé, a cachete de bebé, a pelo de bebé. Y pasé, en diagonal a su curvatura ennegrecida, y fui al baño, me lavé tanto y tanto la cara, tanto y tanto que el agua se transformó con mis facciones, entorné los espejos laterales del viejo botiquín y me vi: hermosa, pero incompleta, con unas ojeras irreparables, y un aliento a desasosiego que evaporaba mis labios.
Una magia maléfica me succionaba desde adentro y, en el esternón, latía el alma de esa mujer limón que hacía compases con sus patas de mosaico raído punteando el tiempo de mi resistencia.
Puse la pava. Me cubrí la cara con polvareda de yerba y estornudé, estornudé, estornudé hasta provocarla, hasta salpicarla sin querer con mi liberación. La sombra, mujer limón, se enojó por el insulto acuoso, atravesó la reja, volcó su otra mano sobre la que sostenía la soga y la amarró como en una piña completa. Y me dolió. La mujer limón, ahora también de rejas, estaba dentro de mi casa, serpenteando la soga, desafiándome a que agarrara el otro extremo que cosquilleaba mis pies.
Mientras ella reflotaba viejos gritos, latigazos y golpes que desplegaba con su pantomima botánica; mientras me amenazaba con pérdidas y faltas recordándome que algún día me voy a morir, avanzando y retrocediendo, avanzando y retrocediendo hacia mi cuerpo, yo pensaba en los gajos que hacía poco tiempo habíamos plantado con mamá, en todas las plantas que habían sido semilla y que se habían despuntado en una metástasis de follajes y flores; en el beso que me traería ese hombre que ya se había ido temprano y que había abrazado las secuencias nocturnas de la sombra limón; en la posibilidad de escribir y escribir que en el tiempo de las violencias se juntó a mis manos sin dejar de ser mi piel; en los colores de los acrílicos con los que suelo manchar lienzos en blanco; en aquella mañana que se fue en el noventa y cinco, pero existió, frente a un mar que traía sus olas espesas al borde de la mirada duplicada de un hombre que me envolvía en un capullo, y entonces, entonces, ella bajó un poco la voz y enfatizó sílabas que destrozaban su lenguaje y luchaba con su mímica para mostrarme su infinitud. Me desalentó que pudiera volver la siguiente mañana, pero viví el instante: me agaché.
Agarré la punta de la soga, tiré hacía mí con fuerza, y tiré y tiré y tiré, hablándole de mis sueños y esperanzas, y me moví y tiré y tiré y tiré ubicándola, aunque todavía lejos, directamente hacia las sombras de los cactos del patio. Con un arrebato que me trajo el deseo más poderoso de todo lo pendiente, solté la soga y ella cayó sobre las espinas.    
El agua de la pava hervía. Ya no sé en verdad si quedaba agua en la pava, pero esa desesperación sobre el fuego era el principio del vaciamiento de la mujer sombra limón.
Después de que un viento dulce me revolviera la cabellera, abrí la puerta de rejas, la vi tendida, agónica, todavía entera, en el suelo, y llegaron los horneros a picotear los frutos de la pasionaria, y una bandada de mariposas monarca la sobrevolaron hasta desaparecerla y rehacer sus alas. Y se quedaron ahí, dispersas sobre las flores violáceas, en tanto, anunciándose con su collar de cascabeles, la gata volvía para detenerse en el lugar, inclinar las orejas hacia atrás, abalanzarse hacia una mariposa de vuelo bajo y entregarme, aunque también me doliera, algo de su propia lucha: una ofrenda naranja que me devolviera el amor.