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Desde 2001, difunde la literatura y el arte — ISSN 1961-974X
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Arte
3 7 2003
“El concepto de centro del mundo en Fred Forest” por Pierre Restany
¿Cómo hablar del “Centro del mundo” en el arte de hoy? A menos que uno se satisfaga de una perogrullada: “En el ego hipertrofiado del artista, el arte ha sido siempre el centro del mundo…” En realidad, el problema mayor del arte, que siempre fue el de la comunicación, fue resuelto de manera definitiva a través de la irresistible dinámica de las nuevas tecnologías de la información. Liberándose naturalmente de los soportes tradicionales, el arte devino el gran vector humanista de la comunicación, tanto visual como audiovisual. Durante mucho tiempo se ha querido atribuir la crisis de la pintura a la de la imagen pintada. El problema se plantea al nivel de la pintura al óleo y se ha empantanado en ésta. La imagen digital o electrónica goza de muy buena salud. Describe a la perfección el mundo del año 2000 como el fresco representaba fielmente el mundo de 1400, el óleo sobre lienzo al mundo de 1600, la fotografía impresionista al mundo de la segunda mitad del siglo XIX. La extraordinaria vitalidad de la imagen digital o la que está en un CD-Rom, en una secuencia de vídeo o en un website de Internet, se debe a su perfecta adecuación a la especificidad de su soporte orgánico. La imagen vídeo, el fotograma del CD-Rom, la impresión digital adhieren perfectamente a su soporte y a su finalidad comunicadora. El proceso es perfectamente homogéneo cualquiera que sea el lugar donde funcione. Cuando se pensaba antes en el centro del mundo del arte, era el lugar donde se fabricaban las más bellas imágenes. Ahora las bellas imágenes se producen en todas partes y su potencial de autotransmisión interactiva es ilimitada. Las malas imágenes son las que no comunican, las que el escáner define mal o las que pasan mal en la Web. El criterio estético está ligado de ahora en adelante a la buena transmisión del mensaje. El arte que no comunica no es arte. Ante esta normalización ético-estética de la cultura global, el concepto de estética de la comunicación asume toda su amplitud. El arte que no comunica no es más arte. Hay que confiar en el pionero poeta de la comunicación como Fred Forest para preservar a lo largo de su estrategia interrogativa la presencia de valores humanistas individuales sobre los cuales se apoya el filón creador y poético de nuestra cultura global. Lo que está en causa hoy en los campos aún no desbrozados por la tecnología de punta no son los fenómenos de apropiación de lo real sino el valor específico de las situaciones individuales inmediatamente transmitidas. La imagen electrónica de la televisión nos introduce en un fragmento de espacio-tiempo original y específico en relación con el potencial próximo, vecino o casi análogo de la fotografía y del filme. La pintura digital nos familiariza mediante un enfoque a la vez directo y sintético de lo real con una sensación de identidad que expresa una aproximación analógica. No tenemos en ningún caso la impresión que la información visual que se nos propone sea más pobre o más débil que un original fijado con pintura al óleo sobre un lienzo o reproducido fotomecánicamente en un formato de tarjeta postal. Las estrategias operacionales del arte sociológico o de la estética de la comunicación han dado origen a una serie de imágenes que nos sorprenden y nos fascinan por la sensación verídica y gratificadora que nos inspiran. Los criterios del gusto cambian e influencian de manera definitiva nuestro poder emotivo y receptivo. Pasamos de lo bello a lo verdadero y este criterio decisivo no se refiere más a un ideal de belleza que sería definido perentoriamente por el “Centro del mundo”, sino a un testimonio positivo y gratificador de una verdad que percibimos como universalmente difusa en nuestra experiencia de lo cotidiano. Acontecimiento, instalaciones de vídeo, performances son realizadas ahora indistintamente, sin incidencia de calidad o de prioridad jerárquica, en Nueva York como en Kuala Lumpur, en París o en Londres como en Dakar o en La Habana. En el seno de este esperanto planetario no se reconoce centro ni periferia, pero sí la emergencia de una pulsión vital, cargada en Kw/horas de poesía espontánea, testimonio del carácter global de un deseo de expresión interactiva. De este modo, el Centro del mundo está en todas partes y en ninguna parte, a través de las pulsiones de ese magma caótico el hombre debe “estar ahí” ahora más que nunca. Heidegger tenía razón cuando se preocupaba del destino del arte en nuestra sociedad industrial. Si estuviera aún vivo, no creería seguramente en el Centro del mundo, habría buscado en la estética de la comunicación una clave de lectura (y de esperanza) del magma caótico de nuestro carácter global.
acerca del autor
Varios

Nació en Amélie-les-Bains, en el Piríneo, en 1930. Pasó su niñez y su adolescencia en Casablanca (Marruecos). A los 18 años, se afincó en París para preparar estudios en la Universidad. Viajó a Milán, que desde entonces sería su segunda ciudad de adopción. Publicó sus críticas de arte desde 1952 en las revistas Domus de Milán, en las parisinas Cimaise y Planeta (dirigida por Louis Pauwels). En 1960, inventó el concepto y la corriente de “nuevo realismo”, organizando exposiciones colectivas, dando conferencias y oficiando de curador de muestras internacionales. Al final de su vida, orientó su reflexión a la fractalización objetiva y subjetiva de la imagen, a los problemas de la estética ligados al urbanismo. Publicó muchas obras sobre arte.